martes, 18 de septiembre de 2012

Carta... mi último testigo adolescente

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A yo sé que lo sabes:

Deseo que esto no signifique un dolor tan intenso, tan vivo, tan poco deseable y, a la vez, deseo que este dolor suceda como una última expiación a mis remordimientos. Deseo que este encuentro indirecto se lleve a cabo, tú en tu casa, yo en la mía y que el artilugio usado para abordarte sea esta carta, que seguramente nunca mandaré, no por falso pudor, sino por la torpeza con las palabras que tiene este escritor frustrados (una de esas es no poder evitar la palabra “yo”), así que apresta tus oídos o simplemente calla y deja que la transparencia sucia de estas tiernas palabras se coman tu alma.
Nací en un pueblo chico, en una fecha no muy lejana a la tuya, en una cama de hospital público. Nací y cuando eso sucedió, sé que algo microscópico se movió en mi interior y que tal vez una célula o un átomo cayó de improviso al suelo sin que nadie lo advirtiera, esa es la única explicación que tengo a este vacío intenso y doloroso que tengo como aliado. Crecí a unos cuantos kilómetros de ti, explicándome la vida con sencillas metáforas, observando muchas horas a los insectos y leyendo novelas y revistas de aventuras. Creo que mi infancia no fue muy diferente a la tuya, puede que yo haya tenido más perros, pero sé que nuestro corazón se configuró de manera similar, sé que viste en las nubes un escape a los apremios de la normalidad, sé que viste en las noches de luna opaca un destello extraño y familiar, sé que de una u otra forma me creabas y yo a ti en los múltiples juegos infantiles.
Te vi un día, años después de que naciste en mis sueños, a esa altura ya no me parecías nada nuevo, conocía todos tus chistes y juegos, creo que a ti también te pasó lo mismo. Con el pasar de los años tu figura creció a una velocidad insospechada, te veía tan grande en mi horizonte, monstruosa, opacabas todo lo que en mi despertaba algún entusiasmo, la poesía en ese tiempo fue mi escondite perfecto, en versos de niño, con letra grande y redonda (lo cual no ha cambiado mucho), donde hablaba de rosas, pájaros, corazones y amor. Fueron los tiempos donde la palabra amor ocupaba un espacio importante en mi vocabulario, central diría yo. Tú en esos tiempos, esperabas mis cartas con ansias, apostabas por mi talento con las palabras…fallaste. Me mirabas de reojo, lo recuerdo bien, tres bancos adelante y uno a la izquierda era tu posición, estratégica en el ámbito de lo que significa ser “matea” y vaya que lo eras. Mientras que yo escribía y escribía intentando mejorar la unión que tenía con las palabras.
Recuerdo nuestros primeros besos, a escondidas y con los ojos cerrados, nos ocultábamos por el temor a ser despertados de nuestro estado, era un dulce sueño ¿Verdad qué lo era? Pero todos crecemos y las pequeñas cosas, las cosas que realmente nos hacen se olvidan, se pierden, se pisan.
Perdimos el contacto unos años. Pero debo de decirte que ya no te conozco, tus besos me sabían a urbanidad, a refinamiento, a todo lo que odio, tus opiniones me saben a estancamiento, a ceguera y lo más terrible, a ceguera voluntaria. Yo te seguí queriendo, sea lo que esto signifique, pero no puedo luchar contra el mundo para salvarte si ni siquiera puedo salvarme yo del vendaval que desato, de mis relaciones frustradas, de mi estupidez. Perdóname por no salvarte del mundo y su efecto, es demasiado tarde, ya eres una mujer hecha y deshecha, tienes la vida asegurada. Yo guardaré en mi historia aquellos besos infantiles tuyos para que tengas, cuando pasen los años, un poco de humanidad a la cual aferrarte.

Cariños



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